domingo, 31 de octubre de 2021
Cada
uno de nosotros ha nacido con una dosis de pureza, predestinada a ser
corrompida por el trato con los hombres, por ese pecado contra la soledad. Pues
cada uno de nosotros hace lo imposible por no verse condenado a sí mismo. El
semejante no es fatalidad, sino tentación de decadencia. Incapaces de guardar
nuestras manos limpias y nuestros corazones intactos, nos manchamos con el
contacto de sudores extraños, nos revolvemos, sedientos de asco y fervientes de
pestilencia, en el fango unánime. Y cuando soñamos mares convertidos en agua
bendita es demasiado tarde para zambullirnos en ellos, y nuestra corrupción
demasiado profunda nos impide ahogarnos allí: el mundo ha infestado nuestra
soledad; las huellas de los otros sobre nosotros, se hacen imborrables.
En
la escala de las criaturas sólo el hombre puede inspirar un asco perdurable. La
repugnancia que provoca un animal es pasajera; no madura en el pensamiento,
mientras que nuestros semejantes atormentan nuestras reflexiones, se infiltran
en el mecanismo de nuestro desapego del mundo para confirmarnos en nuestro
sistema de rechazo y aislamiento. Después de cada conversación, cuyo
refinamiento indica por sí solo el nivel de una civilización, ¿por qué es
imposible no echar de menos el Sahara o los monólogos infinitos de la zoología?
Si
por cada palabra logramos una victoria sobre la nada, no es sino para mejor
sufrir su imperio. Morimos en proporción a las palabras que arrojamos en torno
a nosotros... Los que hablan no tienen secretos. Y todos hablamos. Nos
traicionamos, exhibimos nuestro corazón; verdugo de lo indecible, cada uno se
encarniza en destruir todos los misterios, comenzando por los suyos. Y si
encontramos a los otros es para envilecernos juntos en una carrera hacia el
vacío, sea en el intercambio de ideas, en las confesiones o en las intrigas. La
curiosidad ha provocado no solo la primera caída, sino las innumerables caídas
de todos los días. La vida no es sino impaciencia por decaer, de prostituir las
soledades virginales del alma por el diálogo, negación inmemorial y cotidiana
del paraíso. El hombre sólo debería escucharse a sí mismo en el éxtasis sin fin
del verbo intransmisible, forjarse palabras para sus propios silencios y
acordes audibles a sus solos remordimientos. Pero es el charlatán del universo;
habla en nombre de los otros; su yo ama el plural. Y el que habla en nombre de
los otros es siempre un impostor. Políticos, reformadores y todos los que
apelan a un pretexto colectivo, son tramposos. Sólo la mentira del artista no
es total, pues sólo se inventa a sí mismo... Fuera del abandono a lo
incomunicable, de la suspensión en medio de nuestros arrebatos “inconsolados”
(sic) y mudos, la vida no es sino un estrépito sobre una extensión sin
coordenadas, y el universo, una geometría aquejada de epilepsia
(El
plural implícito en “se”) y el plural confesado del “nosotros”, constituyen el
refugio confortable de la existencia falsa. Solo el poeta toma la
responsabilidad del ”yo”, sólo él habla en su propio nombre, él sólo tiene
derecho a hacerlo. La poesía se deprava cuando se hace permeable a la profecía
o la doctrina: La “misión” ahoga el canto, la idea entorpece el vuelo. El lado
“generoso” de Shelley vuelve caduca la mayor parte de su obra: Shakespeare,
felizmente, nunca ha servido para nada.
El
triunfo de la no autenticidad se cumple en la actividad filosófica, esa
complacencia en el “se”, y en la actividad profética (religiosa, moral o
política), esa apoteosis del “nosotros”. La definición
es la mentira del espíritu abstracto; la fórmula
inspirada, la mentira del espíritu militante: una fórmula reúne allí
ineluctablemente a los fieles. Así comienzan todas las enseñanzas.
¿Cómo
no volverse entonces hacia la poesía? Ella tiene, como la vida, la excusa de no
probara nada.
Perteneciente al volumen: Breviario de podredumbre, de Emil Cioran, traducido del Francés al Castellano por Fernando Savater en julio de 1971.
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