domingo, 17 de octubre de 2021
En todo hombre dormita un profeta, y cuando se despierta hay un poco más de mal en el mundo... La locura de predicar está tan anclada en nosotros que emerge de profundidades desconocidas al instinto de conservación. Cada uno espera su momento para proponer algo: no importa el qué. Tiene una voz: eso basta. Pagamos caro no ser sordos ni mudos...
De
los desharrapados a los esnobs, todos prodigan su generosidad criminal, todos
distribuyen recetas de felicidad, todos quieren dirigir los pasos de todos: la
vida en común se hace intolerable y la vida consigo mismo más intolerable
todavía: cuando no se interviene en los asuntos de los otros, se está tan
inquieto con los propios que se convierte al “yo” en religión o, apóstol
invertido, se le niega: somos víctimas del juego universal...
La
abundancia de soluciones a los aspectos de la existencia sólo es igualada por
su futilidad.
La
fuente de nuestros actos reside en una propensión inconsciente a considerarnos
el centro, la razón y el resultado del tiempo. Nuestros reflejos y nuestro
orgullo transforman en planeta la parcela de carne y conciencia que somos. Si
tuviéramos el justo sentido de nuestra posición en el mundo, si comparar fuera inseparable de vivir, la revelación de nuestra
ínfima presencia nos aplastaría. Pro vivir es cegarse sobre sus propias
dimensiones...
Si
todos nuestros actos, desde la respiración hasta la fundación de imperios o de
sistemas metafísicos, derivan de una ilusión sobre nuestra importancia, con
mayor razón aún el instinto profético. ¿Quién, con la exacta visión de su
nulidad, intentaría ser eficaz y convertirse en salvador?
Nostalgia
de un mundo sin ideal, de una agonía sin doctrina, de una eternidad sin vida...
El Paraíso... Pero no podríamos existir un instante sin engañarnos: el profeta
en cada uno de nosotros es el rasgo de locura que nos hace prosperar en nuestro
vacío.
El
hombre idealmente lúcido, luego idealmente normal
, no debería tener ningún recurso fuera de la nada que está en él... Me parece oírle: “Desgajado de fin, de todos
los fines, no conservo de mis deseos y de mis amarguras sino las fórmulas. Habiendo
resistido a la tentación de sacar conclusiones, he vencido al espíritu, como he
vencido a la vida por el horror a buscarle una solución”
El
espectáculo del hombre: ¡qué vomitivo!,
El amor: un encuentro de dos salivas... Todos los sentimientos extraen su absoluto
de la miseria de las glándulas. No hay nobleza sino en la negación de la
existencia, en una sonrisa que domina paisajes aniquilados.
(En
otro tiempo, tuve un “yo”; ahora no soy más que un objeto. Me atraco de todas
las drogas de la soledad; las del mundo fueron demasiado débiles para hacérmelo
olvidar. Habiendo matado al profeta en mí, ¿cómo conservaré aún un sitio entre
los hombres?)
Fragmento de: Genealogía del fanatismo, perteneciente al volumen: Breviario de podredumbre, de Emil Cioran, traducido del Francés al Castellano por Fernando Savater en julio de 1971.
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